El último día de cole significa muchas cosas cuando no levantas más que medio metro del suelo. Así, después de la fiesta de fin de curso en la que año tras año demostraba a mis papis mis dotes de bailarina clásica, llegaba la hora de cambiar de aires y abandonar la ciudad por tres largos meses... Tres meses de libertad, sin horarios, reglas, uniformes...
Todo lo que necesitaba cabía en una bolsa de deporte, y, tras las súplicas de mi madre por que dejara de jugar con el perro, por fín me portaba como una niña buena y comenzaba a preparar mi maleta. Y, ¿qué es una maleta para alguien tan pequeño? Os diré lo que era para mí. Ni ropa, ni zapatillas, ni los clásicos cuadernos Santillana que siempre hacía llorando el último día de vacaciones... Juguetes. Eso era lo realmente importante. Qué juguetes elegir para llevar y cuáles dejar era lo que me daba verdaderos dolores de cabeza, cuando, hasta el canario exigía un huequito en el coche de mi papi...
Y hoy, muchos muchos años después, me sigue sacando de mis casillas qué meter en la maleta cuando los fines de semana cambio el bullicio de la ciudad por mi tranquilo chalet. Algún que otro trapito ocupa ahora bastante espacio en mi maleta, pero, lo que nunca falta sigue siendo un juguete. Ese Mac en el que veo series y películas con Peter hasta que el sueño nos vence...
Quizá... porque sigo siendo una niña, o simplemente, porque de verdad aprendí que la compañía, sólo su compañía... es lo que de verdad me importa.